Volver a inventarse

Mariano Aguayo, que ha esperado a cumplir los 80 años, tan bien llevados a pesar de su mala salud de hierro, al menos de fachada, que nadie diría que los tuviera, para reinventarse a sí mismo. No sé si como hombre, aunque siéndolo de principios, sospecho que sigue fiel a ellos-, pero desde luego ha nacido un nuevo pintor.

ROSA LUQUE

ROSA LUQUE

La vida es como un río agitado que nos lleva y nos trae, nos sumerge en remolinos y nos devuelve a la orilla las más de las veces sin aliento, pero en otras ocasiones, pocas, convertidos en seres nuevos, más parecidos a lo que fuimos en origen que a aquello en lo que nos habíamos convertido cuando la corriente nos arrastró. Distintos y al mismo tiempo los mismos, misterios de la existencia. Algo así le ha ocurrido a Mariano Aguayo, que ha esperado a cumplir los 80 años, tan bien llevados a pesar de su mala salud de hierro, al menos de fachada, que nadie diría que los tuviera, para reinventarse a sí mismo. No sé si como hombre, aunque siéndolo de principios, sospecho que sigue fiel a ellos-, pero desde luego ha nacido un nuevo pintor.

Soy ajena al agudo gremio de la crítica de arte y Dios me libre de meterme en juicios que no me corresponden y que nadie me ha pedido, pero basta plantarse ante cualquiera de los cuadros salidos del pincel de Mariano Aguayo en los últimos tiempos, dos años más o menos, desde que un ictus lo agitó como un cóctel del que ha salido un licor nuevo, para percibir que su actual producción poco tiene que ver con la anterior. Aguayo, un tipo libre y con afán seriamente juguetón, ha hecho siempre lo que le ha dado la gana en cada momento. De modo que, cuando por edad y sustos físicos le correspondería arrellanarse entre los almohadones de una cómoda jubilación, sigue poniéndose todas las mañanas ante el caballete, pero ahora guiado por un nuevo impulso. Y es que ha decidido aparcar esa especie de realismo mágico que desde los años ochenta ha dado vida propia a escenas y perso-najes del monte y la montería desde sus lienzos para abrazar un estilo muy diferente.

Así, mientras de la escritura, ay, dice haberse despedido para siempre por culpa de la traicionera sacudida cerebral quien además de pintor, escultor y grabador ha sido un espléndido hombre de letras, con la obra plástica es como si el nuevo Mariano Aguayo volviera a empezar. Se trata de un regreso al pasado tal vez inconsciente, aunque quizá no tanto, y desde luego sin nostalgias, pues a la vista está el derroche de color y alegría vital de los cuadros que expone en la galería Carmen del Campo bajo el título de La Fiesta. Sin desmerecer la obra anterior, que le convirtió en creador de referencia en la pintura animalista española ,“cinegética” la llaman muchos con cierto desdén, aunque no es la caza sino su entorno lo que recrea, y le granjeó un público incondicional, a los últimos cuadros de Aguayo se asoma un artista mucho más sofisticado. Un pintor de pincelada muy elaborada y un estilo abierto que, si no a la manera netamente cubista, recurre a manchas cercanas a la abstracción para presentar toros, toreros y aficionados que ponen un toque animado, hasta divertido en ocasiones, donde otros se desangran en dramatismo taurómaco.

O sea, que estamos ante un Aguayo de vuelta a los orígenes, allá por los iconoclastas años sesenta (en lo artístico, se entiende, que en lo demás cualquier avance ideológico había que darlo de tapadillo).

No por cuestión del tema escogido, sino por el propósito de expresión plástica. Porque pocos recuerdan ya que el pintor realista de rehalas y perdices con paisaje serrano de fondo, cordobés siempre, tuvo una primera época subjetiva en la que prometía como artista de vanguardia. Cuando aquel joven de familia rica en ancestros ilustres pero sin dinero se lanzó a pintar, pensando que tal vez algún día pudiera vivir de ello, y sobre todo cuando en 1961 montó su primera exposición individual, dejó al mundillo del arte sorprendido por la calidad conceptual y plástica de sus trabajos, en línea con la abstracción que imperaba en la época.

En ella se movió con bastante soltura y buenos resultados, pues aunque, zumbón y de vuelta de todo, suele ponerse el parche de la autoflagelación antes de que le salga el grano de la crítica y decir que nunca se ha sentido “llamado a revolucionar las artes plásticas”, lo cierto es que desde el principio le acompañaron la voluntad, fuerza y formación suficientes para no pasar desapercibido. Desde niño, este cordobés de la quinta del 32 del pasado siglo se sintió atraído por el dibujo. Y aún recuerda el día que, estando en Sevilla, un tío suyo le regaló cinco duros y se plantó en un comercio de la calle Sierpes para gastárselos en pinceles, paleta y tubos de pintura. Si bien siempre se ha considerado de formación autodidacta, el principal aprendizaje, recuerda él agradecido, le vino de la mano del artista Rafael Serrano, vecino y amigo de la familia. Él fue quien lo introdujo en la pintura enseñándole desde nociones tan básicas como preparar el lienzo a otros aspectos del oficio, y con su ejemplo lo animó a hacer algo casi impensable en su mundo aristocrático , del que Aguayo jamás ha presumido, pero que le marcó el ser y el estar. Y es que sembró en él, hombre tranquilo solo en apariencia, la inquietud que, venciendo viejos prejuicios sociales de entonces, le hizo atreverse a plantearle a su padre que quería ser pintor.

La escultura no, la escultura llegaría más tarde a su vida, ya cumplidos los 50; al principio con pequeños bronces en que jabalíes y podencos de talla delicada cobraban vida propia y más tarde, animado por futuros compradores , nunca le han faltado a este artista de clientela fiel, con obras de considerable tamaño.
Pero estábamos todavía en los se senta, una época en que Córdoba bullía en expectativas culturales gracias en buena parte al dinamismo que adquirió el Círculo de la Amistad. Dirigía entonces la entidad Fernando Carbonell, que fomentó el cultivo de las vanguardias pictóricas y en general de todo cuanto se cocía en primera línea de la creación nacional e internacional. “Había un ambiente muy interesante, se creó una asociación de artistas plásticos y nos reuníamos un grupo de gente en el Círculo , me recordaba Mariano Aguayo en la última entrevista que le he realizado, publicada en Diario CÓRDOBA en enero del 2011. Gente del Equi- po 57 como Juan Cuenca, amigo mío de toda la vida, Paco Aguilera y Pepe Duarte, que era el gurú del grupo”.

Sin embargo Aguayo, que en pintura, como en todo lo que ha tocado, buscó la manera de pasarlo bien y ser feliz, acabó dejando la creación de vanguardia “por aburrimiento, porque ya no sabía por dónde tirar” en una especie de carrera por ver quién era más original y rompedor a la que él no quiso sumarse. “Era una época en que todos hacían formas raras que no hubieran hecho los demás y yo no estaba dispuesto a ello, ni a irme a París a darme la paliza”. Así que decidió “cerrar el quiosco”. Y cerrado estuvo durante dieciséis años en que nuestro hombre se dedicó a otras cosas, como por ejemplo dirigir una oficina bancaria. Hasta que una llamada de atención de la salud le cambió la vida. Porque uno no sobrevive a un infarto sin reconducir sus pasos, y Aguayo retomó el camino del arte, que siempre había estado en el centro de sus deseos. Pero, intuitivo como es y buen conocedor de sí mismo, supo que el nuevo intento no hubiera funcionado si continua- ba la obra donde la dejó tres lustros atrás. “¿Qué hice? Pues ponerme a hacer unos cuadros de cosas realistas que me divertían”, explica. Y así fue como empleó todo el oficio adquirido en hacer lo que le pedía el cuerpo, que era llevar la naturaleza al lienzo, sin pensar en la crítica. “Creo que pinto sin complicaciones, pero hacerlo es complicadísimo”, ha sido la respuesta irónica de Aguayo frente a quienes pudieran censurarle no ir al compás del tiempo.

Y como las artes plásticas no le bastaban para saciar sus ansias creadoras se echó al mismo tiempo en brazos de la literatura, que rondaba sus sueños desde muy joven. Mientras exponía en salas de Madrid, París, Lisboa, San Diego o Johannesburgo, por citar algunas, y recreaba con hermoso verismo paisajes amables con figuras llenas de autenticidad, le fue saliendo a través de artículos en prensa y libros , al menos una veintena entre asuntos de montería y cuatro novelas, el enorme escritor que lle- vaba dentro. Todo lo ha ido haciendo sin darle la menor importancia, como si saliera solo. Parapetándose tras esa pose de fina displicencia, tan cordobesa, que gusta de cultivar este caballero de sencillo señorío para sobrevivir a los enemigos de lo ajeno.
Y así fue como en la soledad de su estudio, ordenado y diáfano como todo en él, fue engarzando “por pura diversión” y ajeno a las tiranías de los cenáculos culturales obras de arte y libros , ahora estos ya no, desde que el ictus lo sumió en un tiempo de silencio, en los que ha dejado inmortalizada una Córdoba que se extingue, con sus tipos populares y los de rancio abolengo, sus tradiciones y su vocabulario. Una Córdoba de la que solo un espíritu libre, pero fuertemente aferrado a la esencia de esta tierra, podía dejar testimonio para el futuro. Ese que ahora ha empezado a pintar con alegres colorines y formas abiertas a la imaginación este octogenario que, una vez más, ha vuelto a empezar. Sin la menor pereza de volver a reinventarse.

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Mariano Aguayo

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